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Lo que te estás perdiendo si no conoces la comarca de La Manchuela

Castillo de Alarcón en la comarca de La Manchuela. SHUTTERSTOCK

La comarca de La Manchuela, entre las provincias de Cuenca y Albacete, descubre paisajes inverosímiles esculpidos por el río Júcar y pueblos fascinantes

Demasiado montuosa si se compara con La Mancha y poco fragosa en relación a la Serranía de Cuenca. Así es La Manchuela, la comarca que se extiende entre esas otras dos, ocupando parte de las provincias de Cuenca y Albacete. Los panoramas de pequeñas lomas se alternan con llanuras y los pinares se entremezclan con viñedos, olivares y campos de cereal. Y atravesando todo ello, un río, el Júcar. Gran parte de su curso transcurre por un profundo cañón que el agua ha ido tallando en la tierra caliza durante milenios. Cuando el hombre los eligió para asentarse se convirtieron en paisajes inverosímiles: fortalezas que se sumen en las profundidades de los barrancos; casas blancas que parecen crecer en la roca; escarpaduras que conducen a miradores sobre el vacío; calles que se adentran en la pared de la hoz…

Primera parada: Alarcón

Este es el mayor capricho del Júcar en La Manchuela conquense. Los meandros del río han cincelado la roca para dar lugar a una especie de península sobre la que se edificó el pueblo. Si añadimos los bosques de pinos, murallas, torres, puentes, desfiladeros y el castillo, parece un lugar salido de la imaginación. La mayor parte de estos elementos se asoman al sendero de pequeño recorrido Hoz de Alarcón.

Después de caminar junto al río, entre pinares y bosques de ribera, es hora de hacerlo por las calles del pueblo. Los pasos nos llevan hacia el Castillo (hoy Parador), una fortaleza árabe reconstruida por Alfonso VIII y relacionada con otros personajes históricos como los marqueses de Villena o Don Juan Manuel. Es en la plaza que lleva el nombre de este último, casi al otro lado del pueblo, donde hay que buscar la historia reciente de Alarcón, que tiene que ver con el arte. Las Pinturas Murales de Jesús Mateo son todo un hito. Para verlas, fotografiarlas, escribir sobre ellas o componerles música han llegado hasta aquí José Saramago, Cristina García Rodero, Antonio López y muchos otros. La obra, declarada por la Unesco de Interés Artístico Mundial, está en la iglesia de San Juan Bautista, un templo desacralizado que, tras servir de redil de ganado, se salvó de la ruina por obra y gracia de Mateo.

El río sigue su curso y, llegado un punto, hace un giro de 90º y se dirige al este. En uno de sus recovecos se alza Alcalá del Júcar, ya en la provincia de Albacete. La carretera caracolea y zigzaguea hasta llegar al fondo de la hoz, donde encontramos el río ensanchado y tranquilo. Un pequeño salto de agua lo impulsa y oxigena, lo que va de maravilla para las huertas de la vega.

Oxígeno y buenos pulmones se necesitan también para comenzar a explorar las calles en cuesta de este pueblo construido en la pared del cañón. Sus casas se amontonan en el cortado, irregulares y blanquísimas. Muchas están incluso excavadas en la blanda roca caliza. «La gente de los pueblos de alrededor nos llaman rabiblancos, como los pájaros que anidan en los huecos de la garganta», comenta riendo una vecina.

Dentro de la montaña

En las cuevas de Masagó se puede ver cómo son, o cómo eran, esas casas construidas arañando la montaña. Un túnel se adentra en sus entrañas hasta la otra parte de la peña. Dentro, estas cuevas albergan un bar, un restaurante y un par de espacios museísticos. Como Alarcón, Alcalá del Júcar también tiene castillo. Es musulmán y de él procede su nombre: Al Qalat, lugar fortificado. Y, como Alarcón, también pasó a manos de Juan Pacheco, Marqués de Villena, una vez conquistado.

Llegamos ahora a Jorquera, otro pueblo encaramado en una de las muelas calcáreas labradas por el río, que además le dio el nombre. Sucro lo llamaron los romanos y Xuquer, devastador, los musulmanes de Al-Andalus, en alusión a su carácter indómito. Claro que de eso hace ya mucho tiempo porque hoy los pantanos y las presas han rebajado esa personalidad bravía. Aunque su entorno sigue conservando su condición agreste. El área de Jorquera es zona Zepa, es decir, de especial protección para las aves y sus hábitats.

Jorquera y sus cuatro pedanías vivían de la huerta. Hoy, Lorenzo es uno de los pocos que lo sigue haciendo. Cultiva y vende sus productos en los mercados de los pueblos cercanos. «Aquí crece de todo, y lo criamos de manera ecológica. Las lechugas sobre todo son especialmente valoradas. Yo tengo plantada la maravilla de verano y la rizada verde. Tienen un sabor distinto», dice mientras hace un descanso junto al puente de Maldonado.

Ese puente, precisamente, lleva hasta un lugar muy especial. Las casas-cuevas de la otra margen del río semiabandonadas se han convertido ahora en estilosos alojamientos, como Xuq, un proyecto de dos veinteañeros de la tierra, Víctor y Fernando. «Xuq viene de Xuquer, y todo aquí se inspira del río y de lo que ha generado en el entorno», dice Víctor. Por eso en la renovación de las cuevas se ha respetado la tradición y utilizado materiales de la zona y mampostería antigua. Aquí todo está pensado para, entre piedra y agua, vivir una experiencia telúrica.

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